Un hombre. Sábado, 5 hs. Ya está. Toma el pulso en la muñeca, apoya la yema de sus dedos en el cuello y repite, todavía agitado, ya está. Ya está. Mira los ojos verdes y descubre que este silencio es más ensordecedor que los gritos de hace apenas unos minutos, y que sus movimientos, en medio de la quietud que lo rodea, se vuelven una evidencia insoportable. Ya está. Mira a su alrededor, siente naúseas. Por un segundo se relaja junto ...